viernes, 30 de julio de 2010

Ese extraño sujeto

27 de septiembre de 2009

Siempre me considere alguien dentro del promedio, incluso desde chico, mi vida podía calificarse en aquellos días como normal, como común, un niño que asistía al colegio, que luego al pasar el tiempo le fueron creciendo algunos vellos en la cara y cambió la voz mientras atravesaba la adolescencia, que posteriormente ingresó a la universidad para finalizar y obtener el título para que mi madre pudiera decir orgullosa al frente de sus amigas “mi hijo el doctor”.



Pero a pesar de todo ello, y al pensarlo en retrospectiva, me doy cuenta de que había algo en mi vida fuera de lo común, sucesos extraños ocurrían en mi hogar. Generalmente de noche y cada cierto tiempo, se podían escuchar ruidos estremecedores en la casa como los que produciría una persona que ingresa y que merodea por la vivienda. Es por eso queme acostumbré a dormir con la puerta de mi cuarto cerrada.


Una noche, ya cursando el colegio secundario, cuando ya me atrevía a quedarme más tiempo despierto, mientras veía televisión volví a sentir esos ruidos. Rápidamente apagué el televisor y todas las luces y logré esconderme en el espacio incómodo que me ofrecía un sofá entre su espalda y la pared. Desde ese escondite improvisado escuche el sonido de varios pasos que atravesaban la casa desde el garaje hacia los dormitorios y vi pasar frente a mí la silueta de un hombre mientras yo trataba de contener la respiración. Transcurrido un lapso de tiempo considerable pensé en salir, pero mis piernas permanecieron inmóviles por lo que decidí quedarme un rato más en ese lugar que parecía, al menos en ese momento, un lugar seguro. Desde esa noche procuré acostarme lo más temprano posible para evitar ese tipo de situaciones.


El tiempo fue pasando y fue imposible evadir la realidad yéndome a dormir temprano, máxime los días lunes en los cuales mi madre quería comer tarde para esperar la llegada de mi padre despierta. Aquél lunes podría describirlo como si hubiese pasado hace pocos minutos, recuerdo que yo maldecía por lo bajo pues mi mamá, como estaba cansada, decidió acostarse unos minutos y me ordenó preparar la mesa. Estaba en la cocina buscando los elementos para cumplir con lo que la señora había dispuesto cuando de pronto volví a escuchar esos ruidos que tanto me habían atormentado de pequeño, me quedé paralizado con los cubiertos en la mano pues al frente mío caminaba un sujeto de tez muy pálida y un frondoso cabello negro. Pasó como ignorándome, sin cambiar el rumbo de su mirada y siguió su habitual camino hacia las habitaciones. A pesar de que en ese preciso momento me moría de miedo y mi corazón daba cuenta de ello latiendo a toda velocidad por otro lado sentía una gran sensación de alivio ya que había enfrentado a ese sujeto que tanto desvelo me había causado. Fue justamente al enfrentarlo cuando me di cuenta de que no parecía agresivo ni hostil, hasta podría decirse que parecía una persona o un ente de una gran bondad.


Con el correr del tiempo pude acostumbrarme a su presencia, incluso volví a tener encuentros con el varias veces a la semana, aunque nunca intenté ningún tipo de comunicación ya que ese sujeto parecía no hablar ni demostraba signos de que era posible comunicarse con él. A pesar de esto me causaba mucha intriga el hecho de que cada tanto apareciera en mi hogar y caminara como si nada. Lo que más me preocupaba era que mi madre no me daba ninguna explicación que pareciera razonable, solo se limitaba a decir “el es así, es tímido”. Esas explicaciones a mí nunca me bastaron pero también notaba que mientras más preguntaba, más sufría mi madre, posiblemente porque no solo no tenía una respuesta para mí, sino también porque no tenía una respuesta para ella misma.


Con el tiempo aprendí a convivir con ese extraño sujeto y sus apariciones esporádicas, incluso, busqué saludarlo para hacer la convivencia en mi hogar más llevadera, pero las respuestas de su parte siempre fueron limitadas en su contenido. Debo admitir que yo también tenía miedo lo que siempre impidió que esos momentos pasaran de algo más que un saludo sin respuesta.


Los años fueron sucediéndose uno tras otro lo que me hizo ver las cosas desde otra perspectiva, me di cuenta de que todos aceptamos siempre su existencia en nuestra casa por una simple cuestión de subsistencia. El traía el dinero al hogar para que pudiéramos comer, y mi madre, si bien dudo de que haya habido amor entre ellos, nunca le pediría el divorcio por miedo al “que dirán”. Fue de ese modo en que fui construyendo mi “relación” con mi padre (si es que puede llamarse relación), de todos modos no importaba, siempre habría tiempo para revertir la situación … o al menos eso pensaba yo, hasta que un día, ya viviendo solo y cuando me encaminaba hacia la casa de mis padres, las luces de un patrullero estacionado en el frente de la vivienda me anunciaban la peor de las noticias. El oficial a cargo trató de ser lo más profesional posible mientras nos relataba los detalles del accidente, incluso busco dar consuelo a mi madre indicándole que debido a la violencia del accidente, no había sufrido dolor alguno. Su muerte fue instantánea.


Ahora soy yo el que deambula como un fantasma por los rincones, evitando el contacto con la mirada de otras personas para que no vean el dolor dentro de mí, huyendo de la realidad, pensando en que todas aquellas noches si me quedé esperando que llegara, pensando que si lo aguarde con un abrazo y ansioso por escuchar sus relatos, que si le dije cuanto lo quería. Lamentablemente la realidad es dura y me doy cuenta de que no fue así, y son tan pocos los momentos que con él compartí, que no sé si llorar porque lo extraño o porque casi no tengo recuerdos de él.






FIN


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